LA DIVERSIDAD CULTURAL DE MI PUEBLO

Canis


En estos últimos años hay una gran preocupación de los estudiosos por volver la mirada al pasado y así encon¬trar la raíz de nuestra historia, autoanalizándonos y autodescubriéndonos. Se viene tomando esta actitud porque gran parte de nuestros valores han sido trastocados y reemplazados por otros que no nos corresponden.


La diversidad de mi pueblo La cultura andina ha sido deformada por la influencia de las culturas foráneas desde la conquista hasta nuestros días; primero, por la cultura española, luego por la inglesa, después por la norteamericana. En forma sistemática tratan de desenraizarnos de nuestra cultura andina, de nuestro pasado, de nuestra historia.

Frente a esta actitud cada vez más agresiva ¿Qué debemos hacer? ¿Qué camino debemos tomar? Hay un solo: Afrontar esta realidad. Para ello, urge la necesidad de reconstruir nuestra historia partiendo de bases sólidas. Pero, paralelo a la historia, como parte de las vivencias de nuestro pueblo, debemos conocer nuestros mitos, leyendas, fábulas, costumbres, cuentos, cantos y la diversidad lírica que aún se conservan y se practican en los pueblos del interior de nuestra patria. En estas breves líneas, en forma sintética quiero recordar a mi tierra y contarles a cerca la diversidad cultural que aún se cultiva.

Las Creencias y Supersticiones, mas de las veces, pareciera que ordenaran y regularan la vida de los pueblos. Su apego a lo sobrenatural, que es herencia del pasado, hace que el individuo actúe por temor o miedo. Así por ejemplo, la enfermedad o geshia, es decir, la peste acompañada por fuertes vientos, es sinónimo de mal hijo, de aquel que faltó el respeto a sus padres; en consecuencia, por obra del castigo divino, convertido en enfermedad, deambula de pueblo en pueblo, expiando sus culpas.

Las creencias y supersticiones casi todas ellas son las mismas en los pueblos de la provincia de Bolognesi, específicamente, de aquellos que están ubicados en la vertiente de los inicios del río Pativilca.

Las Costumbres son variadas de acuerdo a las épocas del año y a las circunstancias. Entre las que aún se conservan, pero en estos últimos años, con un alto grado de influencia de la cultura occidental, se citan:

La culminación de una casa o Wayi ushay; el lavado de las ropas del finado o Naya tajshay; el relimpio de los canales de regadío y de los estanques o Sequia y Jocha pisay; el relimpio de las parcelas de la plaza de armas o Shullu pisay; la cena en plena chacra de la comunidad luego de haber culminado el sembrío formando una inmensa mesa circular en el suelo, llamado también Yupanakuy; el cortapelo de un niño o Quitañaque; la manera más cómoda de formar compadres a través del Tarikuy; y por último, la costumbre de la Oración antes del anochecer, que con mucha devoción y fe lo practicaban antiguamente.

Muchas de estas costumbres, con el correr de los años, por la fuerte influencia de las costumbres urbanas y sobre todo del neoliberalismo, se han simplificado, y otras, se han dejado de practicar. Por ejemplo, el Wayi ushay, o sea la culminación de la construcción de una casa, con la colocación de los carrizos y las tejas, se ha reducido a un solo día con la aparición de la calamina. Algunos ingredientes de esta hermosa costumbre han desaparecido, tales como los “mashas”, sus danzas, sus cantos, el “apachipakuy”. Ya no se practica la danza de los “mashas”, en la que hombres y mujeres, al compás de la jawayada, que era una música especial para la culminación de las casas, portaban sus banderas multicolores por las calles o en el patio de las casas, al momento del techado, donde las cocineras preparaban en inmensas ollas los locros, las mazamorras y el infaltable picante de cuy.

El grupo de “mashas” o “rantines”, es decir, las personas que colaboraban para que a su vez su trabajo sea devuelto en la oportunidad que ellos lo requerían, entonaban: Imata wambra Por qué tienes wagallanki, que llorar, imata wambra por qué tienes llakillanki que sufrir watapita después de años quillapita y meses yarpangaykita de haber planificado. Luego de haberle recordado su trabajo y su sufrimiento, para concluir la casa nueva, entonaban otra estrofa: Llantullayki Tu hogar sombrallayki tu som¬bra kanan junaq hoy día ushakarkun; ya se conclu¬yó; tushukullay, ahora baila pues, tushullashun ahora bailaremos mashakuna. ”rantines.”

En la costumbre del Naya tagshay o el lavado de ropas del difunto, recuerdo como si ahora estuviera sucediendo. Aún se dibujan en mis retinas, el rostro sudoroso y colérico del que hacía el papel de “burro”, o cargador de los despojos del muerto. Generalmente eran los yernos o las nueras del finado. Con la carga sobre las espaldas y amarrados desde la cintura, sujetados por una soga, imitaban al animal que jamás había llevado carga alguna, es decir, “respingaban”, “barquineaban”, corrían de uno a otro lado de la calle sujetados fuertemente por sus captores. Las cargas que contenían las ropas del finado y toda clase de desperdicios eran arrojados; entonces, los amansadores los volvían a cargar ante la constante negativa del “burrito”, y esta escena se repetía hasta llegar al manantial de Tecllo, a unas dos cuadras de la población.

Los niños éramos los que más gozábamos de estas ocurrencias y de los apelativos jocosos que los conductores los apostrofaban a los “burritos” o “burritas”. Otro pasaje interesante de la costumbre del Naya tagshay era el Jaca turiay y el Waca turiay. Para el Jaca turiay o “corrida de cuyes”, al volver de Tecllo, cogíamos las agujas de penca, largas como una lanza, los amarrábamos en unos palitos que recibían el nombre de “puyas”. Al llegar a la casa del finado, los adultos y los niños nos sentábamos en cuclillas, cubiertos con nuestros ponchos, formando un círculo, semejando a una plaza de toros; teníamos que estar tan unidos el uno con el otro para no dejar escapar a los cuyes que eran soltados, cual si fueran toros, en el centro del ruedo. El animalito, espantado, corría de un lado para otro en medio de los puyazos. Aquellos que lograban ensartar y levantarlo al aire eran premiados con una botella de ron, y aquellos que los pinchaban y los hacían sufrir o los dejaban escapar, eran multados con una botella del mismo licor. En la costumbre del Sequia pisay, recuerdo al Alcalde Pedáneo y al Alguacil, con el carrizo en mano, midiendo los topos a lo largo del canal de regadío, desde la toma o lugar desde donde se conduce el agua, hasta el estanque o reservorio.

En la limpieza del topo de la plaza de armas o Shullu pisay, luego de haber concluido la faena, los mayordomos invitaban a sus casas a toda la población y a los huéspedes que llegaban a la fiesta; entonces, se dirigían al compás de la banda de músicos, y así como iban llegando, les servían el caldo de cabeza de carnero con bastante yerba y ají. Luego del sembrío de las chacras comunales, es decir cuando el Yupanakuy iba concluir, colocaban los arados y los yugos en el piso, sobre la tierra removida, para que sirvieran de asientos. En la inmensa mesa improvisada, las esposas de los comuneros servían las humitas, las tortillas con bastante cebolla china y el cuy asado al carbón. Lo más her¬moso de todo ello era la práctica de la fraternidad. Ningún comunero dejaba de cenar y los huéspedes eran los que merecían mejor atención. De los Quitañaques, lo más carac¬terístico eran las donacio¬nes a manera de competencia entre el padrino y la madrina y hasta de los asistentes. Donaban al ahijado por cortar un mechón de pelo o “huarcash” desde una moneda hasta ganados y terrenos.

A veces uno de ellos, por no dejarse ganar, ofrecía bajo juramento cosas mayores, pasado el tiempo, mas de las veces, no cumplían a pesar de los requerimientos. Si alguien quería formar compadre con cierta persona, entraban en común acuerdo, otras veces, resultaban siendo compadres por circunstancias inesperadas. En el caso de estar de acuerdo, los llevaban a sus hijos a las afueras del pueblo para que la persona concertada lo encontrara, a esto lo llamaban el Tarikuy, es decir, el haberse encontrado un niño. Cuando los niños eran enfermizos, los familiares recomendaban obsequiarlo o regalarlo a una persona menesterosa que a pesar de los sufrimientos jamás se enfermaba.

El simple hecho del obsequio, materializado en el Tarikuy, formalizaba el compadrazgo y a partir de esa fecha, como por encanto, el niño recobraba la salud y jamás se enfermaba. Dentro del Curanderismo, la medicina más arraigada era el shogpi. Toda persona que se sentía desahuciada, como último recurso se sometía a la práctica del shogpi. La curandera no se olvidaba ni de los más mínimos deta¬lles. Ceremoniosa y conocedora de su oficio, luego de haber pasado con el animal el cuerpo del enfermo, al hacer la radiografía señalaba todo los males que le aquejaba a la persona.

Según manifestaciones de los que eran sometidos a esta curación, decían que luego del “sobado”, se quedaban sumamente débiles, pues había casos donde el enfermo lejos de mejorarse empeoraba de salud por el excesivo debilitamiento del cuerpo. Para fortalecerlo, los fami¬liares lo alimentaban con caldo de gallina y otras sustancias.

Otra costumbre que todavía se practica es el gayakuy. Aún recuerdo las voces largas y prolongadas de la curandera, llamando por su nombre al enfermo, en plena quietud de la noche. Desde los lejanos campos o cerros, la voz taladrante de la mujer llegaba nítida hasta la población; entonces, los perros salían ladrando a los patios y a las calles, y todo se convertía en un loquerío.

La curandera decía que con este acto, algunas veces lograba rescatar el alma del enfermo aprisionado por el jirka; si no lograba hacerlo, el pa¬ciente fallecía. Doña Mariana, era la especialis¬ta en esta clase de curaciones. De los Juegos Infantiles recuerdo mucho; pues, entrada la noche, a la luz de la luna, los niños nos juntábamos y en plena calle improvisábamos los juegos.

El challac challac, el aysarache o la raíz, eran los juegos que permitían correr y en otros casos se empleaban la fuerza. En el primero de ellos, la mamá perdiz los ocultaba a los corredores o galgos debajo de su gran falda, luego los soltaba a la voz de: ¡Challac, challac, challac...! para que a la carrera fueran a buscar a los polluelos que estaban muy bien escondidos.

La escena se hacía interesante cuando el galgo encontraba al polluelo y éste corría desesperado hacia su madre para no dejarse atrapar. En el Aysarache lo fundamental era la habilidad y la agilidad del jugador que se encontraba a la cabeza y a la cola de la columna, el uno por atrapar y el otro por no dejarse coger, luego de las preguntas del prime¬ro y las respuestas burlescas del segundo; finalmente, cansados nos sentábamos haciendo un ruedo con nuestros sombreros puestos boca arriba entre las piernas y empezábamos a jugar el Pacallero. Uno de ellos cogía una piedrecilla y a la voz de “pacallero, pacallero, pacallero”... iba introduciendo la mano en cada sombrero para depositarlo en cualquiera de ellos.

El jugador de su derecha era el encargado de adivinar dónde estaba la piedra. Si no lograba hacerlo, el castigo consistía en soplar tierra pegado a la boca y con los ojos abiertos. Otras veces improvisábamos la celebración de la fiesta del 5 de Agosto. Capitanes, pallas y estandartes representaban su papel. Los músicos tocaban marchas y huaynos con hojas de yerba santa o limón; los platillos se improvisaban con latas o con tapas de ollas, y con todo ello gozábamos como si la fiesta fuera real. Tantos juegos sanos de nuestra infancia, hoy, casi todos ellos yacen en el olvido. Entre las anécdotas lo que más recuerdo son los que me narraba mi tío. Tenía una habilidad para contar. Sus palabras subyugaban a sus oyentes. Su imaginación era aguda y hasta muchas veces sus relatos parecían ser de verdad.

Mayormente se referían a las ánimas y aparecidos, por eso le decían el rirju, es decir, el que veía las ánimas de los que iban a morir. Con su gracia que lo hacía singular y simpático, Tolentino, así se llamaba, con el poncho terciado al hombro y risa característica, contaba que de joven, él fue el único persona¬je que le asustó al mismísimo alma o espíritu. Usaba permanentemente las metáforas y las comparaciones, por eso, unos lograban comprenderlo mientras que otros simplemente no le entendían; entonces, al notar el vacío causado en sus interlocutores, él se reía con esa su risa característica, como el solo sabía hacerlo. Al amanecer, antes de ir al trabajo, era la costumbre de las gen¬tes de mi pueblo pararse en las esqui¬nas de las calles, haciendo un círculo y conversaban de todo un poco. Aquí era cuando Tolentino disfrutaba contando sus ocurrencias. Cierta vez preguntaba: -¿Jamkuna imayllapis rikayashkankiku pishgukunapa casamientunta? (¿Ustedes alguna vez han visto el matrimonio de los pájaros?

La gente le quedaba mirando sorprendido por ser hechos inusuales; entonces, él continuaba: -Noqa janyan rikashkaa Ulastanachoo. ¡Juk yukishmi casakurjun pichuychankawan! (Yo ayer he visto en el lugar denominado Ulastana el matrimonio de un zorzal con un gorrión) Luego se reía burlonamente ante el asombro de sus oyentes, con esa su risa fuerte al iniciar y un final largo y agónico. Risa, mezcla de dulzura pero al mismo tiempo sarcástica e inconfundible.

La gente no comprendía. ¿Cómo es que un zorzal podría contraer matrimonio con un gorrión? Entonces aclaraba, que en el lugar llamado Ulastana, él había visto a don Fermín, un hombre alto y fornido, enamorándole a doña Justina, una mujer que escasamente sobrepasaba a un metro treinta. Por esta ocurrencia la gente reía a mandíbula batiente y le exigían que contara otra más, y él, contaba con el mismo entusiasmo otras anécdotas y pasajes más de las veces imaginarias. En cuanto a las adivinanzas, era práctica permanente de los niños. Las noches de luna, cansados, luego de los juegos, nos sentábamos en círculo y jugábamos a las adivinanzas. Si no se acertaba, aquel que le tocaba respon¬der, era castigado. Muchas veces eran difíciles de adivinar, así por ejemplo: Imaraaq, imaraaq Qué será, quérá llapi sucu un barretero barretero con el sombrero colgado. Podría ser un ser humano. ¿Quién era eso de los sombreros caídos pero un gran barretero? Lejos estábamos de adivinar a ese animal que tiene las orejas caídas pero que barbechaba la chacra, en busca de alimentos, con la punta del hocico.

Al referirnos a las fiestas patronales tenemos que evocar a aquellas fiestas de antaño. Cuando aún ni se soñaba la llegada de la carretera, el pueblo festejaba la fiesta con gran misticismo. Se esperaba el día de la fiesta como se espera sediento las gotas de agua. Los devotos de la virgen, ser¬penteando los caminos zigzagueantes, año tras año, llegaban desde lugares lejanos a reencontrarse con su Santa. En el pueblo comían, bailaban y gozaban a expensas de los funcionarios y se derrochaba el dinero a manos llenas. Abundaba la comida porque la tierra era fecunda y producía muy buenas cosechas.

En la fiesta de la Santísima Trinidad aún recuerdo que salían los negritos, los diablitos y las kiyayas . Las calles se teñían de fiesta . Varones y mujeres desfilaban con sus vestidos multicolores. Los diablitos con sus pantalones ceñidos al cuerpo, sus máscaras grotescas y cabellos multicolores y desordenados, al compás del rasgueo delirante del arpa danzaban reventando sus chicotes y nos espantaban a los niños. Ante la cercanía de los danzantes huíamos despavoridos y nos refugiábamos en las faldas de nuestras madres y ahí permanecíamos tiritando de miedo, mientras los chicotes reventaban en medio de sus diabluras. Era el momento de nuestro arrepentimiento por todas nuestras travesuras.

Por otro lado, también salía la danza de los negritos. Sus pasos eran elegantes que hacían juego con sus ternos oscuros impecables y sus máscaras completamente negras. Al son de una música, mezcla de oriental y peruano, algo triste, danzaban en grupo interpretando diversas mudanzas. La danza de las kiya¬yas aún se conservan mínimamente. Recuerdo que cuando mi padre era Alcalde había convocado mediante cartelones la relación de las danzantes. El día de la fiesta, muy de mañana se presentó a casa el arpista don Félix Aldave, y al cabo de media hora, al compás de la música, ya danzaban las kiyayas. Mi padre, con el poncho negro de listón celeste y rojo, empuñando la vara o el bastón de mando, iba por delante también danzando. Las mujeres cada vez que hacían un alto entona¬ban: Akuar Alcalde Vamos ya Alcalde aywakullashun vamos yendo ya kayllay callilla por esta calle mana pantaylla; sin equivocarnos; si sush Alcalde te olvidas pantaykullanki te olvidas mediutam realman te haremos cambiar cambiasillashjayki.medio centavo en un real. Luego de cada canción, muy alegres se desplazaban al son del arpa por las calles empedradas, cuya estampa hoy ya sólo se guarda en el recuerdo y quizás en la retina de nuestros ojos. Entre las fiestas patronales casi todas ya no se practican, salvo la de la Virgen de las Nieves, pero con muchos aditamentos modernos. La orquesta estaba conforma¬da sólo por tres integran¬tes: Un arpa y dos violines.

Hoy se han añadido trompetas con sordinas y saxos que distorsionan su originalidad. La indumentaria del Inca no era la capa, sino la remanga. El champi, la cadena y la corona eran de plata. En el pecho y en la espalda llevaban una indumentaria denominada cushma adornada de soles de nueve décimos, cuya prenda pesaba de tres a cuatro libras. Las pallas eran mujeres casamenteras sumamente simpáticas que cautivaban a los visitantes y más de las veces los romances de la fiesta terminaban en matrimonios. Sus voces delgadas y acompasadas se dejaban escuchar cual cantos de go¬rriones en medio del Capitán y sus vasallos: Salgamos Gran Monarca por esta calle derecha entonando nuestros cantos al compás del instrumento. Al concluir la estrofa, el bombo de la banda de músicos daba la voz de alarma con dos toques seguidos, luego al compás de una marcha llegaban hasta la otra esquina donde se repetía la misma escena. Gran parte de su originalidad hoy se ha trastocado, sin embargo, la costumbre se impone y se resiste a sucumbir.

El Cuento es otra de las variantes de la rica y prolífera narrativa oral. El más difundido es el “Achkay” y “Pisanamaría”. Ambos cuentos son narrados en los diferentes pueblos con ligerísimas variantes. En cuanto a Pisanamaría, hasta ahora todavía se pueden apreciar como vestigios las ruinas de los pueblos desaparecidos por efecto de la peste o enfermedad. A estos se agregan los cuentos: “El Hombre que llegó al Infierno”, “China Diablo”, “El Alma de Don Querico”, “El Caballo del Diablo”, todos ellos me fueron narrados por mi inolvidable madrecita que hoy en paz descansa y de Dios goza. Pero gran parte de las narraciones tienen como personajes a los aparecidos y demonios, probablemente debido a que se encuentra muy arraigado en las comunidades la contradicción: Cielo-infierno, las fuerzas del bien y del mal, influencia sembrada por la prédica de los catequizadores españo¬les desde la época de la conquista. En cuanto a la Lírica Popular es rica y abundante. Las hay desde aquellas que se conservan de tiempos inmemoriales y que son practicadas sobre todo en épocas de sembrío o en los carnavales hasta la lírica de ingenio popular y creativo referidos al amor, al desengaño, a la separación, que finalizan con fugas sarcásticas y burlescas.

En cuanto a la primera, predominan los arwis o harawis. De noche, un tanto desocupadas ya, después de haber atendido la cena a los trabajadores o habiéndoles llevado la “arza” o ración de comida a las casas de los operarios, luego de la siembra del maíz o del trigo, las mujeres se juntaban en casa de alguien del barrio a la que perte¬necían y preparaban la relación de arwis, sobre todo dirigidos a los jóvenes de los otros barrios. Cuando ya estaban listas arrancaban con el primer arwi: Tarar tarar wayta Flor de tara, flor de tara waytallay florcita linda ashenjallaykita lo que has buscado tarirkutankitaq has encontrado way palomitallay ay palomita waytallay. ay florcita. Y los hombres que en más de las veces eran aludidos en las canciones, respaldaban al final de la canción con una “japarida” o grito de triunfo largo y estentóreo: ¡Waaaaajiiiiii...!. Seguidamente las mujeres del otro barrio respondían con otro arwi; y así se iniciaba la competencia. Ningún barrio debía repetir las canciones entonadas; aquel que lo hacía, perdía y se retiraba. Ya casi al final de la competencia entonaban los arwis que expresaban el triunfo, cuyas letras enrostraban la derrota al adversario: Cinta morada Cinta morada cintalla morada cinta moradita wajarqa cholo si quieres llorar wajallay llora de una vez cristal vasuman en un vaso de cristal waytallay. ay palo¬mita. -¡Waaaaajiiiiii...! -¡Waaaaa¬jiiiiii...! Al concluir la competencia siempre había un triunfador, y los mejores jueces eran los habitantes del pueblo, que a esas horas reposaban mitigando el cansancio después de la jornada diaria. Es justo mencionar a las cultoras de estas competencias y gracias a ellas nos sentimos cada vez más identificados con nuestro pueblo. Aún vibran en mis oídos las voces de doña: Gelasia, Benita, Acchi, Ruperta, Zoila, Mationa, Antuca, Juliana, Illucha, quienes con sus voces cantarinas lideraban al grupo de mujeres de sus barrios, de cuyas voces se han recogido directamente las letras que se insertan más adelante. Además de ellas, también se ha recopilado los arwis carhuajarinos a través de doña Pilar Toco. Entre los otros cantos populares, existe diversidad de temas, siendo el que más predomina, el amoroso.

Por un lado hay ternura, como también hay despecho, amargura. En este caso las víctimas son los enamorados o enamoradas, los suegros o suegras y los pretendientes: Millonariupis kakusun Aunque sea millonario abogadupis kakusun aunque sea abogado manami noqa mansasu yo no le tengo miedo michilla shapra a ese tu pretendiente waynaykita. con bigote de gato. Que interesante sería que un gran contingente de estudiosos e investigadores volvieran sus ojos al pasado para luego rescatar la diversidad cultural de nuestros pueblos y en forma conjunta podamos construir la historia que aún está por escribir.

Manuel Nieves

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