D E L  C O R O N E L 

 S O Y  Y O

 


Mientras el alba soplaba furioso a los vientos y mi corazón se acercaba lentamente a la puerta del colegio que aceptó gustoso mi paso de la infancia a la adolescencia, mis presurosos pensamientos llegaban sudorosos  muy cerca de la persona
Gorra del Coronel Bolognesi

bondadosa, que en un gesto por demás sublime,  acepto el funcionamiento del Colegio  nacional  Coronel Francisco Bolognesi en su amplia casa donde pase mis años de educación secundaria.

Conforme iban llegando los demás alumnos que serían mis compañeros de aula, mi corazón que no entendía razones,  iba latiendo dolorosamente a un costado de mi hombro, uno por no acordarme de todos los que iniciamos el año y otro por ver tan  cerca la pobreza, y cuando por las tardes salíamos jubilosos corriendo por tus calles empedradas  y  nos encontrábamos cara a cara con la noche, solo unas lánguidas velas alumbraban nuestras ansias y unos blocks escolares escribían nuestros temas.

El sol esplendoroso abrigaba cariñoso los primeros días de abril y el entablado del segundo piso crujía atormentado por soportar tanto peso de nuestros adultos, adolescentes e infantiles nombres, cómo no recordar a los que por no haber colegio secundario en nuestra provincia recién entraban junto a nosotros en busca del saber, cómo no recordar a nuestros pintores atletas y futbolistas que eran la admiración de nuestros ojos ahora tenerlos sentados junto a nosotros como compañeros de clase.

Se enredan en mi cerebro los acontecimientos y cada tarde pierdo con más frecuencia la historia y la esperanza  y no contento con eso preso de nostalgia, vuelo como un winchus  de salón en salón, de aula en aula tratado de encontrar en el machimbrado de tu piso o en el resquicio de tu techo, allí entre las tejas rotas de tu cielo, un pedazo de mi infancia, un retazo de mi vida.

Desconsolado, miro asombrado cada uno de tus rincones, ausculto cada uno de tus grietas y solo encuentro tiritas, hilachas, de mi vida, que aunque afanosamente trato de unirlas, de anudarlas, una a una, se escapan de mis manos como ultus veloces corceles de las aguas estancadas.

Y entonces como un enajenado  grito, como  un moribundo imploro, que me devuelvan mi colegio de yoquiocos, que me devuelvan su tiza más pequeña, que me devuelvan las palabras que de niños musitábamos, que me devuelvan mis gritos  mis sudores mis camisetas, que me devuelvan mi colegio que del coronel soy yo.

Si, del coronel soy yo, y no me cansare de gritarlo a los cuatro vientos, para que me escuchen los terrados mal labrados de mi Chiquián amado, para que me escuchen las cenizas enterradas bajo el viento para que me escuches tú ……solo tú.

Lutapurikog8


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