Fastasma en Canis

 

Canis es una tierra hermosa. Si aún no conoces, se parte por la variante de Conococha, la pampa de Lampas, donde el cielo se confunde en un abrazo con la tierra y se llega a Ticllos, luego a Corpanqui. Al llegar a las alturas de Pucutón, en el lugar denominado Tres Cruces, se abre el panorama y se pueder apreciar la inmensa encañada de Norte a Sur por donde corre el río Coca (Pativilca), y a media altura llama la atención el verdor de los alfalfares y los interminables molles y huaromos que engalanan a mi tierra.

Para que goces de los sentimientos del mundo andino aquí va otra narración: EL “FANTASMA”...

Acurrucado sobre su pellejo negro, junto a su perro que dormitaba por la cercanía de la noche, Glicerio se entretenía viendo cómo las gallinas se picoteaban sobre los troncos del rincón, acomodándose para pasar la noche fría llena de vientos silbadores y de hielos acostumbrados a morder las carnes hasta llegar a los huesos. Sus ojos enrojecidos por los años, bañados sobre un pozo de lágrimas, curiosos miraban a las nubes que raudas subían hacia las alturas. Por la frente le caía un mechón de pelo ya encanecido, burlándose del tosco sombrero que le aprisionaba la cabeza. En su faz rugosa se notaba el movimiento acompasado de sus carrillos que gustaban la coca, fiel amiga de su silencio. De rato en rato, como sacudiéndose del tiempo, erguía su pecho todavía fornido y soltaba un escupitajo amarillo-verdoso, al mismo tiempo que endulzaba el sabor de la coca con la cal extraída de su «porongo»

Al precipitarse las primeras gotas de lluvia su corazón se sintió aliviado, pues, ante la angustiosa sequía ya era tiempo que lloviera. Se decía para sí: «Sin agua la tierra no produce y sin lluvia no podemos vivir».

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Cleufa, agotada por el cansancio, llegó a casa completamente mojada por la lluvia. Por los bordes del faldellín goteaba la lluvia como por los canales del tejado. Sin decir palabra alguna a su esposo, en silencio pasó a la cocina. Allí, las ollas las esperaban vacías con las bocas abiertas besando la tierra. El fogón inerte, sin carbón con vida, sólo abrigaba cenizas. Ya no soportando el peso de su faldellín de bayeta negra, haciendo tantísimos esfuerzos, con sus dedos congelados por el frío, logró desatar el nudo de la cintura, luego se despojó y lo colgó sobre el fogón, en un palo clavado sobre la pared. La prenda quedó balanceándose para secarse con el calor del fuego.

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¡Tan!... ¡Tan!… ¡Tan!... –tocaron el zaguán con fuerza- Y violentamente, sin esperar que abrieran, sumamente indignado ingresó Silvano, casi gritando: -¡Yo los mato! ¡Yo los mato ahora mismo! ¡Yo los mato! Y gesticulaba redondeando sus ojos llenos de ira y amenazándoles con los puños, decía: -¡Tu toro Pinto, ese toro ladrón, está destruyendo mi maizal! ¡Mi pobre maizal! ¡Cuánto trabajo me cuesta regar, desyerbar y cuspar! ¿Cuánto trabajo! ¡Ni el precio de tu toro va alcanzar para pagarme! Glicerio, sin escuchar más las amenazas de Silvano, se levantó como un relámpago y maldiciendo al toro por haberse escapado del corral, cogió su machete y salió en su búsqueda.

Cleufa, no se quedó atrás, salió tras el esposo a pesar que el tiempo nuevamente empezaba llover. Entre la humareda que producía la lluvia al rebotar las gotas del suelo, distinguieron al Pinto en medio del maizal que verdeaba. El toro, al ver a su amo, salió corriendo, burlándose con facilidad de los cercos y los muros de la chacra. -Mejor lo venderemos, Glicerio -inquirió su mujer- -Si no fuera arador, con éste le partiría la cabeza -dijo, empuñando el machete- -Después de sembrar la chacra de papa lo venderemos -replicó- -¡Vender nomás quieres!, después ¿cómo viviremos? Ella calló. En ese instante el relámpago brilló en sus narices y el trueno retumbó remeciendo los campos. En medio de la persistente lluvia repararon las murallas pero al toro ya no lo vieron más. Ya de vuelta al pueblo, Cleufa, iba por delante cayéndose y levantándose entre el lodo y las aguas que corrían por el camino.

Antes que anocheciera, con los pies llenos de lodo, bañados por la lluvia y el estómago pidiendo alimentos llegaron a casa.

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En el patio, donde la penumbra amenazaba con devorarlos, aún resonaban las voces casi histéricas de Silvano. Los puños crispados y las fintas que hacía en el aire allí estaban tan frescos. Ante el perjuicio hecho por el Pinto no había otro remedio que reparar el daño. Silvano iría en época de cosecha a la chacra de Waltupampa y escogería de la era las más hermosas mazorcas.

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Cleufa, fue directamente a la cocina para encender el fuego y preparar la cena, pero repentinamente apareció a sus ojos una enorme sombra negra sin pies y sin cabeza, parado sobre el fogón. Sus pelos se le erizaron y sus labios no podían pronunciar palabra alguna. Así, llena de horror y tiritando de miedo, como pudo, corrió hacia su esposo con los ojos desmesuradamente abiertos, llena de espanto, con sus dedos apuntaba la cocina. Glicerio, al advertir el peligro, de un salto se puso frente a la puerta abierta. Cuál habría sido su sorpresa al ver al mismísimo fantasma parado sobre el fogón, sin pies y sin cabeza. Quiso gritar pero sólo atinó abrir la boca. El cuerpo se le enfrió, a pesar de ello logró recuperarse; entonces, tambaleando, optó por arrojarle piedras. El “espectro”, sin inmutarse, continuaba parado. Por cada pedrada que recibía, retrocedía y avanzaba ligero hacia adelante. Agotada las piedras del patio y no teniendo ya con qué atacar, cogió de un rincón la «puya» del toro, y ante la mirada atónita de su mujer, que todavía no recobraba el habla, resolvió luchar cuerpo a cuerpo. Con el inmenso palo entre las manos arremetió contra la “sombra” que permanecía, amenazadora, en el lugar. La punta aguda, al hacer impacto en el cuerpo del «espíritu», ingresaba como en una esponja con suma facilidad. Al ver que no se quejaba ni menos respiraba, cobró valor y atacó con más furia. Después de largos minutos de ardorosa e intensa lucha, el «aparecido», acribillado y agujereado por todas partes, cayó como una bolsa pesada al suelo.

Glicerio, seguro de su triunfo, aún sin poder pronunciar palabra alguna, jadeante, sudoroso y emocionado, sólo con mímicas le explicaba a su mujer que él había ganado y que llamara a los vecinos para que fueran testigos, de que él, en un acto nunca antes visto, había dado muerte al mismísimo “fantasma”; prueba de ello, ahora yacía inerte sobre el piso.

Cleufa que hasta ese instante no se había movido, paralizada por el miedo, sabedor de que su esposo había matado al «alma», salió presurosa a llamar a los vecinos. Los hombres y las mujeres, sorprendidos por la actitud de Cleufa, que no podía hablar, y sólo con mímicas les pedía que le siguiesen, obedecieron y fueron tras ella. Glicerio, cual un loco, furioso, seguía aguijoneando el cuerpo de su víctima arrojado sobre el piso que no daba muestras de vida. Por la frente le caía el sudor y las piernas se le doblaban de cansancio. Al ver que sus vecinos le miraban, se sintió más seguro. Dejó el aguijón y en medio de la penumbra levantó los brazos y les invitó para que se cercioraran y conocieran por primera vez el cadáver del “fantasma” y que él solo, sin ayuda de nadie, lo había vencido en dura y desigual pelea. Los hombres, incrédulos y curiosos se acercaron. De lejos y con mucho temor tocaron con un palo el cuerpo del muerto. Era blando y esponjoso. No daba signos de vida. Reconfortados, se acercaron más. Querían verle la cara. Querían conocer el cadáver de un espíritu. ¡No había modo de hacerlo! Uno de ellos, ya repuesto del temor, encorajinado, se acercó, lo cogió supuestamente de los cabellos, y de un tirón lo levantó. Los hombres al descubrir al «fantasma» completamente mojado, agujereado y chorreando abundante agua de lluvia no supieron qué hacer, si enojarse o reírse a carcajadas, ante la mirada estupefacta de Glicerio y el asombro de su mujer.

Manuel Nieves

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