EL HOMBRE QUE LLEGÓ AL INFIERNO

 

Cuentan que un día cuando un hombre viajaba a las haciendas de la costa en busca de trabajo para conseguir dinero, en el camino se encontró con un caballero elegantemente vestido de negro montado sobre un hermoso caballo blanco, quien le dijo en tono imperativo:

-¡Amigo, ¿a dónde se va Ud.?

El hombre de Canis

Asustado el hombrecito contestó:

-¡A la hacienda de Espachín, señor! -

¿Buscas trabajo?. ¿Quieres ganar plata? -inquirió el caballero de negro, luego continuó- Si buscas trabajo y quieres ganar mucho dinero vamos a mi hacienda.

-¿Dónde queda, señor, tu hacienda?, ¿En qué trabajaré? -preguntó curioso-

-Mi hacienda no está tan lejos. Está pasando aquel cerro, abajo en la quebrada -dijo señalando el lugar-

-¿Cuánto pagarás, señor?

-¡Mucho dinero, lo suficiente para que puedas vivir toda la vida! Eso sí, primeramente haremos un contrato por un año, sin lugar a renuncia. En caso de incumplimiento perderás todos tus beneficios.

Como el hombrecito necesitaba dinero y no podía perder esta ocasión, aceptó y firmó el compromiso. Apenas ambas partes rubricaron sobre el papel, el caballero de negro ordenó que subiera a las ancas de su caballo y veloz partieron por caminos que nunca había visto.

El caballo corría dando resoplidos y de sus cascos brotaban menudas chispas fulgurantes. Al llegar a un inmenso portón el caballo dio un relincho largo y prolongado, entonces, por sí solo se abrió el zaguán haciendo resonar sus goznes.

Las graderías, cual inmensos anillos, a manera de un camino a lo más profundo de la tierra, los condujo a un lugar a donde no llegaban ni los rayos del sol. Reinaba la penumbra durante el día y la noche. La luz se asemejaba a una luna tan débil en un mundo donde al parecer no habían signos de vida.

Para empezar su trabajo, el patrón le entregó un par de zapatos de fierro con la condición que sus servicios terminarían el día en que los zapatos se acabaran. Así, el hombrecito empezó su trabajo haciendo los más raros mandatos. Si no cumplía, el patrón se enojaba y lo castigaba, dejándole el cuerpo completamente lacerado.

Un buen día le ordenó que cogiera leña del fondo de un pantano y que cargara en la mula que dormía a orillas de un gran río; diciendo esto, le hizo ver al animal. El hombrecito aceptó sin chistar. Cuando se aproximó a la bestia, ésta, al despertarse salió corriendo como una bala y de sus ojos parecían saltar chispas de fuego. La mula era tan briosa y salvaje que con sus cascos amenazaban aplastar al hombre. Siéndole imposible atrapar, no supo qué hacer.

Cuando se lamentaba y lloraba, se le apareció un anciano que con una voz tan dulce le aconsejó: -”Así nunca atraparás a la bestia, no tienes ni soga, nada tienes. Infeliz y desdichado eres. Esto te pasa por haber aceptado el contrato sin haberlo pensado. Sano y buen hombre eres, por eso te voy ayudar. Para atrapar a esa mula, acércate lo más que puedas y arrójale al cuello, con tu mano izquierda, la faja que llevas puesto en la cintura. Cuando hayas logrado, ya no correrá. Una vez que está en tus manos no dejes que se te escape ni menos le tengas compasión, en lo posible flagélalo duro y firme. Has que te respete y te tenga miedo. Cuando hayas logrado esto, llévalo al canto del pantano y cúbrale los ojos con tu poncho y sujétalo bien firme, luego grita:

¡Cárgakuy, cárgakuy, cárgagakuy...!

Al escuchar tu voz saldrán las culebras y toda clase de serpientes del fondo del pantano y se colocarán a manera de tercios de leña sobre el lomo de la bestia. Ella corcoveará y respingará y arrojará la carga cuantas veces sea necesario. Tú, con valor gritarás fuerte, lo sujetarás y lo castigarás. Cuando se haya cansado completamente, sudando y temblando de rabia cederá; entonces, formarás sogas uniendo las puntas de las culebras y con fuerza ajustarás la carga; en caso que el animal no se dejara cargar, lo castigarás hasta sangrarlo, verás, que por fin se quedará quieta.”

El hombrecito hizo todo cuanto le dijo el anciano. No fue nada fácil, pero logró hacerlo. Cuando llegó a casa del patrón y descargó la leña, éste no salía de su asombro. Nadie había pasado esta prueba. Lo que el hombrecito había hecho era extraordinario. Y así, todas las órdenes eran obedecidas y cumplidas, pero con la ayuda del anciano.

Al cumplir el año de trabajo, los zapatos ya se le habían acabado, entonces exigió al patrón que cumpliera las cláusulas del contrato. El patrón no tenía argumentos para negarlo. Era la primera vez que un mortal le exigía con justa razón el pago por su trabajo; entonces, ordenó al hombrecito que llenara cinco costales de carbón. Él no se explicaba para qué, pero pensando que era su último trabajo fue con dirección a la cocina; al llegar, encontró a una mujer cruelmente maltratada; al verla, se asustó; al preguntarle, quién era, ella respondió que había cargado leña y el empleado le había maltratado así, y que sufría esta condena por ser la mujer del cura. El estado en que se encontraba la mujer le heló el cuerpo. Nunca había pensado que la mula sería la mujer; sin embargo, no quiso desobedecer a su amo, y presuroso llenó los cinco costales de carbón. El patrón no encontró motivos para pretextar y retenerlo por más tiempo. Leyó y releyó el contrato y no tuvo más remedio que cumplir. Mirándole con envidia por el alma que perdía le dijo:

-¡Puedes irte! ¡Llévate por el precio de todo tu trabajo los cinco costales de carbón! Eso sí te recomiendo que no lo abras, sino al llegar a tu casa.

-¡Pero patrón... mi ganancia...? -trató de interrogar el hombrecito-

Éste, con los ojos fosforescentes, le clavó una mirada severa. El peón agachó la cabeza y no tuvo más remedio que cargar su carbón y retornar a su casa. En todo el trayecto iba llorando, maldiciendo la hora en que su patrón se cruzara en su camino.

“¡Un año de trabajo para ganar sólo carbón!”, repetía mecánicamente a cada instante. Sin darse cuenta había llagado a su casa. Su mujer y sus hijos que nada habían sabido de él durante un año, al verlo vivo no supieron qué hacer. Saltaban de gozo y lloraban de alegría. El hombrecito ni por eso se sintió feliz, seguía llorando por haber sido engañado y por haber malgastado su tiempo. Cuando le preguntaron el porqué de su congoja, les narró sus historia, y como prueba, dijo: “¡Ahí están los cinco costales de carbón.” Los curiosos, sus amigos y familiares fueron descargar a los burros que difícilmente se mantenían de pie. Los costales pesaban como si contendrían piedras. Al abrirlos, para sorpresa de todos no era carbón, sino monedas de oro. El hombrecito mudó su tristeza por la alegría y consideró que había sido bien pagado por todas las penurias allá en el fondo de la tierra. De puro contento organizó una fiesta para todo el pueblo ante el asombro de todos ellos.

Manuel Nieves


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