PENCO

 


Los que nacieron en los años treinta (inclusive antes), los cuarenta, los cincuenta, hasta el año que se fue al lado del Poderoso, recordarán de la cantina que tenía en la esquina que forman las calles Alfonso Ugarte y dos de mayo en la bella ciudad de Chiquián.
Gorra del Coronel BolognesiUna puerta de madera, que parecía que nunca recibió un poco de pintura, con una aldaba hecha artesanalmente de una fuerte lamina de acero del cual colgaba un enorme candado como señalando que nadie entraría si él no quisiera a probar la exquisitez que sus manos preparaba, con las yerbas regionales, más el pisco, coñac, o el agua ardiente según el pedido del parroquiano.

Hombre de pequeña talla, pelo medio ensortijado, cara alargada de ojos medio chinitos, de hombros anchos los cuales mayormente sostenían una camisa gruesa a cuadros, pantalón de corduroy, de un caminar pausado y poco de sonreír.

No tenía rótulo que lo identifique, pero todos sabían dónde pasar momentos de alegría y muchas veces de decepciones y penas; la puerta no tenía horario de apertura ni de cierre, un biombo de tres cuerpos cubría la entrada para no dejar pasar las miradas de los curiosos o de una que otra esposa que estaba por allí en busca del marido para que no se gaste el dinero cobrado por el mes de trabajo, solo las voces de los trovadores de cantina se escuchaban y uno que otro poema de alguno que recordando al ser amado recitaba con nostalgia, hasta derramar lágrimas que al día siguiente por su hombría no recordaba.

Traspasando el biombo podías ver al fondo un mostrador de la misma madera de la puerta, al lado izquierdo el baño, donde cabía un solo hombre, una banca del mismo material y a la derecha una mesa pequeña color polvo hecha de tres tablones que dejaban hendiduras por no estar bien pegadas, con una banca recostada a la pared, unas cuatro a cinco sillas, esas huaracinas, hechas de un tejido con chiligua, en las cuales descansaban dos guitarras bien templadas, esperando al cantante de turno.

Encima del mostrador una cajita de vidrio donde estaban las galletas, los cigarrillos y el infaltable “primus” que con el ruido del fuego intranquilizaba el ambiente, también había un pedazo de costalillo el cual de vez en cuando agarraba para, dice, limpiar el mugroso mostrador, al fondo una repisa también de madera donde reposaban los más variados licores y gaseosas.

Sitio obligado para la tertulia, el canto y de muchas discusiones.

-Sírvame un chinguirito por favor.

-De qué lo quieres.

-Ya tú sabes, quiero olvidarla, pero esta vez sí para siempre…

-La plata primero, porque ya estoy cansado de mantener hijos sin haberlos engendrado.

Unas cuantas infladas al viejo “primus” para que la llama aumentara y dejara escuchar con más fuerza el ronquido como quejándose del calor, y la pequeña olla recibía el colahuiru, la escorzonera, la huamanripa, unos trozos de manzana que mezclados con el agua, unas tiras de cascara de naranja y el pisco, ya dejaban sentir su aroma; luego de vaciarlo en una botella de vidrio, el jugo de limón, azúcar al gusto, una batida y listo para ser servido en la copa.

Nunca lo llevaba a tu mesa.

-Ya está listo, ven a recogerlo.

Al acercarse podías ver tu rostro en un cuadro que curiosamente tenia colgado al frente, que se dividía en dos, donde resaltaban las figuras de un hombre flaco junto a una calavera al lado izquierdo y se podía distinguir estas palabras “ yo vendí al crédito” y al lado derecho un gordo con un puro en la boca que decía “yo vendí al contado”, entre estas dos figuras estaba tu rostro reflejado, que como en un espejo de bruja se veía demacrado prediciendo la muerte que tú mismo ni cuenta te dabas por las copas ingeridas.

Entre burlas, humo de cigarrillos, cánticos, largos cuentos de decepciones y alegrías porque el Alianza ganó el campeonato después de vencer a sus rivales Tarapacá, Cahuide, Jaimes…Continuaba la algarabía; por momentos había un silencio, solo para hacernos escuchar el goteo del caño, como recordándonos el canto malagüero del grillo.

Aquellas tardes que escasean los noctámbulos llamaba a su infaltable amigo Huchico quien sentado solo y con su guitarra entonaba huaynos.

-No porque te quiero

No por que adoro

Tú me pones los cuernos

Como a un chivato.

Aquel solitario bohemio que quería ponerse unos buenos tragos entre pecho y espalda ya tenía compañía, cantante que estaba llano a complacerte con las canciones que desearas, con ese inigualable toque que brotaba del madero con su temple “Sánchez Cerro” hasta la hora que quieras mientras no falte el trago, cual radiola que sin que le pongas un sol toca y toca incansablemente.

Penco tenía un cuaderno que muy pocas veces sacaba, del cual comentaba.

-Si supieras lo que hay aquí.

-No me imagino.

-Es la lista de todos los tramposos, claro que hay buenos pagadores también _ Me aclara-

-Supongo que sí.

-Lo saco porque ahora cobran los profes y tienen que desfilar a pagar sus cuentas.

-Hoy comerás bistec.

-Siempre lo cómo, ¿Qué cosa?

Ya me imagino todo lo que escuchó en tantos años de barman, pero jamás divulgo lo que ocurría, con sus secretos estará en el cielo a la espera de sus amigos y de todos los tramposos para ver si puede cobrarles… Como siempre acompañado de Hushico tocando su guitarra iluminado por el fuego azul de su primus, sin ya escuchar el canto malagüero del grillo; Siempre listo para darte una buena copa del rico chinquirito.

 

ALFREDO

 

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