Semblanzas Nostalgicas de Cajacay

 

LA ESCUELA PRE VOCACIONAL 354 DE VARONES


De pronto, ad portas de abril, se nos ocurre evocar – al menos una vez en la vida- los bellos momentos vividos en la ESCUELA PRE VOCACIONAL 354 DE CAJACAY, el Alma Mater y segundo hogar de más de 30 promociones de niños y muchachos humildes que fuimos; hoy cuantos de ellos eminentes profesionales, grandes empresarios, exitosos comerciantes; todos –con toda seguridad- buenos padres y excelentes ciudadanos.

Se ubicaba al costado de la Plaza de Armas. De veras que tenía pinta de escuela: su estructura de adobe era de dos pisos con artísticos balcones, a ambos lados del portón céntrico, unas ventanas competentes. Ingresando por el amplio pasadizo entre flores, verdes cipreses y salones a los costados, se accedía al "canchón" exclusivo para la formación escolar y adjunto otro patio a techo cerrado con proscenio y todo, para celebrar los actos y efemérides. En 1,960 -años más años menos- a este centro del saber, lo caracterizaba la férrea disciplina que aquí se impartía. Aquellos no solo eran profesores, eran maestros en todo el sentido de la palabra. Después de la época de ese mentado amauta director Francisco Castillo Ríos, llegó a relevarlo otro profesional de genio y carácter como lo fue don Moisés Ramírez Cerrate, que vale decir en la calle muy noble y amigable Al poco tiempo asumió la dirección, otro hijo chiquiano, Emiliano Maldonado Anzualdo, de repente más contemplativo, pero igual de estricto, con gran cultura y bastante experiencia. Entre los docentes que recuerdo de esos años, se da el caso que la mayoría han sido de Chiquián, la catalogada tierra de maestros, aquí enseñaron: Santiago Morán, Juan Alvarado, Antonio Espinoza, Joel Padilla, Alejandro Aldave, más último Teodulfo Ramírez, Pedro Zubieta Calderón, etc. que laboraron al lado de Abel Gloria Campoblanco, Pedro Yanac, Eusebio Castillo, Olimpo Campoblanco, Jorge Chacaltana, Eduardo Villafane y alguno más que escapa a la memoria. El portero y campanero fue don Teodoro Cotrina Laverio, un hombre sumamente responsable y puntual.

Esta escuela a la vez que fue para la educación e instrucción vocacional (carpintería, mecánica y agropecuaria) fue un cálido Centro con un alumnado de varias edades y de indistintos pueblos. Los había de Pampas Chico, de Yamor, de Mallao, Ichoca, Raquia; también de Huayllacayán, Chasquitambo, Chaucayán, Huambo, Colca y Plaza de la ciudad de CajacayAhuallanca. Se estudiaba en la mañana y por la tarde, quienes venían de lejos y a pié, no se alimentaban como debe en especial al medio día. Hay cuanto que comentar de esta querida Escuela, hemos dicho de la disciplina que imperó: la "Asamblea" en cada miércoles, después del Himno Patrio, recitaciones, teatros y canciones, el alumnado temblaba. Salían los adustos brigadieres y pasaban una lista de los que merecían su latiguera: allí estaban asustados los que habían "gorreado" el carro, temblaban los que no habían saludado a sus mayores, se pesaban los que no habían barrido sus patios y aceras, juraban en vano los que hablaron groserías, muy junto a estos se ubicaban a los que no presentaban su pañuelo limpio, los que bajo los llanques tenían los pies sucios, los que olvidaban su cristina o les faltaba un botón en la camisa, los "vaqueros" etc. Así que a todos los llamados de miércoles, el brigadier más fornido los "levantaba" y el profesor de turno los "tijereaba" con su dura correa de cuero, ¡que más les quedaba! retorcerse de dolor y aprender para la próxima -a mi también me cayó por no barrer mi calle- Nuestros padres no lloraban por nosotros, como ahora suele, "¡Dele, dele nomás si se lo merece dele más!" eran sus palabras.

Como no acordarse de la Escuela Pre Vocacional 359, después de todo, parte de nuestra sensible niñez, experiencias que nunca más ya volverán: los paseos de nuestro salón al río Tingo: Samuel, Lórgio, Juancho, Daniel, Elías, Celestino, etc. cuando Edwin Padilla cogía los membrillos más "papaxos" y muy eufórico desafiaba a la temible "Pushanya" que finalmente era puro cuento. Aún frescas están las largas excursiones a otros pueblos, los campeonatos de candela y urbanamente los juegos individuales de canicas o "bolas", los de runrún, de calador, de mundo chino y de trompo y piola a "chaquetada" limpia, a veces peleando "chocándola" para la salida, como si toda la vida íbamos estar juntos. Como no recordar el riguroso uniforme cake y el bolso de tela, la fiel "picsha" que nuestras mamás nos hacían al ancho del cuaderno con espacio para la canchita con queso -ahora en cambio hay elegantes mochilas y loncheras gorditas- Honradamente a los maestros de ese tiempo no solo hay que reconocerlos por su gran vocación e inmensa abnegación por nosotros, sino por su calidad cultural, ellos por lo general, dieron vida social al pueblo y su entorno, ya formando instituciones, ya alternando con la iglesia o celebrando aniversarios. No olvidemos en esta trayectoria, su ética y autoestima, siempre con un sencillo pero elegante terno, a cada paso desbordando alegría, respeto y ´mucha cortesía.

Hay un aspecto muy trascendental de esta añorada Escuela de Cajacay y de las tantas en Ancash y el Perú de esos años: LA CULTURA DE LAS EFEMERIDES. Nuestra escuelita era una fiesta desde las vísperas. En cada aniversario se entonaban con gran emoción y a todo pulmón, hermosas canciones alusivas con predominio del huayno, por el DIA DE LA RAZA, DIA DE LA PRIMAVERA, DIA DEL INDIO, DIA DEL AHORRO, LA BATALLA DE ANGAMOS, DIA DEL ARBOL, DIA DE LA MADRE, DE LA BANDERA, sobre todo el DIA DE LA INDEPENDENCIA, ésta última resonaba tanto en el pueblo, por los squechs y poesías a Bolivar, a San Martín, a Sucre. LOS GRANDES DESFILES a previa misa a iglesia llena, a golpe de tarolas, redoblantes y cornetas Y POR LA NOCHE LA EXIBICION Y GUERRA DE FAROLES, que siempre, toda la vida no se porque, antes que haya la orden, bastaba nomas que alguien provoque y se desataba la batalla campal a puro palazo de farolazo, muchos queríamos salvar nuestros bonitos faroles hechos por papá, pero solo nos quedaba suspirar y volver a casa con cierta rabieta. Si alguna vez lloramos de corazón, fue en ese aciago DICIEMBRE, fecha inexorable, en que concluyó para siempre el capítulo final de la única novela que no acaba feliz. La clausura más parecía velorio, en cada cuaderno asentábamos nuestro recuerdo y sollozábamos sin consuelo, pero con mucha razón, ya que con algunos compañeros y mejores amigos, en muchos casos, nunca más nos hemos vuelto a ver, al menos para unir nuestras voces otra vez y exclamar muy fuerte: ¡GRACIAS QUERIDOS MAESTROS! ¡GRACIAS ESCUELITA MIA!, pero es parte de la vida, todo tiene su diciembre y realmente CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE MEJOR.

ERASMO TRINIDAD CARRILLO


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