VOLVER…

 


Cuando sorteo la ceja de Caranca y veo las primeras casas de Quihuillán y cercanías, mis latidos se aceleran y el suspiro largamente contenido se descarga, vuelvo de nuevo a ti amado terruño, querido pueblo chiquito, adorado rincón de tejas rojas y cuilumpis verdes, sea de noche alunada o con sol a plomo, contengo una lagrima para mi despedida cuando arribo, porque así es la vida suelo, un constante ir y venir de sentimientos y carreteras, es un idilio perfecto de complicidad y emociones, un enganche de placer y llanto. Distingo plenamente mi casita, he contado sus tejas tantas veces y también repaso las manzanas desde Jana Barrio hasta Ura barrio, identificando cada calle, cada esquina, casa poste. Puedo alucinar quien camina tus calles, o a quien he de saludar cuando me apee, es una vorágine de emociones juntas, de alocadas turbaciones por pisar tu cemento, de sentir el aroma de tu suelo, de tu pirca, de tu puquio.
Gorra del Coronel BolognesiLos árboles de esa pequeña explanada salvando la curva pasan cual fantasmas de bienvenida, sus ramas me abrazan y me engríen como al zorzal que cobijan cada mangada, como al pequeño huinchus que degusta su inflorescencia, como al pichuichanca que solemne canta desde algún peciolo. Me distrae un poco el rumor de la paccha que se acerca, siempre tiene agua y siempre me recibe con la misma canción, esa melodía de notas gozosas que bailan en su pentagrama, como el bajo de Uchico en los entierros o la guitarra de Bellota en serenatas, como añoro ese compas eterno de las aguas que golpean la shalería, en ese diminuto confín de confitura pétrea que adormece el sonar de cada gota, como si fuesen mil besos robados a mi amada. Hay un sonoro silencio al cerrar y abrir mis pulsaciones que no cesan, se han ocultado las imágenes de mi cuna y me desespero, ¿Dónde están? Trato de encontrarlos, no los veo… Oh, es el nutrido bosque de eucaliptus antes de Chiccho, mi noble e inolvidable refugio, mi origen, mis inicios, mis pasos titubeantes de infante, mis aviones de papel de azúcar que llegaban hasta Fragua, mis llantos por ver tan lejano a mi Chiquián, y mis alegrías cuando veía venir a papá de la escuela para el almuerzo, mi todo y mi nada, mi añorado final mañana.

Después de eso sigo en pendiente por ese increíble microclima donde chapaba animalitos de palo inanimados, saltamontes multicolores y luciérnagas apagadas, chacras empinadas que Doroteo el indio peruano caminaba de memoria, aún y a despecho de varias copas de ron que quemaban su espinazo. Una gran roca oscura parece venirse de cabeza hacia mis ojos, estoy hipnotizado por mi comarca, me siento delirar a pupila viva, siempre miré esa masa rocosa buscando algún perfil, alguien con rostro de Cristo del camino que también me reciba, alguna virgen inmaculada que me bendiga, pero nunca encontré nada más que rostros grotescos de gente que nunca he visto, caras burlescas de Ichicullgos misteriosos que yo sé solo habitan en la mítica catarata de Usgor. Pero, ya estoy ahora mirando de nuevo mi ciudad, se han agrandado las casas y el pino colosal de cierta casa amiga, el estadio con su alfombra verde intenso, tan vital como mis latidos, al fondo la Cruz del olvido, el camino hacia Roca y nuevamente el ruido piadoso del agua que baja de la quebrada de Huayalpampa, ese lugar íntimo y cómplice de tantas cuitas detrás de la hierbasanta, paraje de gemidos ocultos en las bostas del raleado ganado que nunca habita y de pronto la Planta Eléctrica, asilo de Huanaco y cofrades detractados, ese murete de concreto donde descansa el interminable ducto corroído por donde desfila el agua de Tucu, todo tan mío y tan tuyo, tan cercano y tan distante, tan querido y tan añorado… el arco del abrazo conclusivo, "Chiquián, espejito del cielo te da la bienvenida", al costado de un grifo que ha borrado el oconal de aguas turbias donde aprendimos a nadar junto a algunos marranos pintos, compartimos el barro de tu suelo y sus olores, y el delicioso berros de su ribera, en esa pampita de su playa corrían los Nunatoros persiguiendo a quijotescos jinetes montados en caballos de palo de escoba, rasgaban los capotines del ejercito que perchaban los capataces, ahora solo vive allí el recuerdo y cualquier visión de adolecente… y ya estamos en la plaza mayor, la torre de la iglesia, el kiosco, la taza, todo está en su lugar, todos te miran y saludan, ha vuelto el loco, un hijo más del tañir de guitarras y el verso bien cantado, una voz que hiere en la noche los gélidos sueños de sus musas…

Finalmente mis pasos temblorosos enrumban a casa, a coronar la llegada con el entrañable abrazo a mamá y papá… después vendrán los chinguiritos para alegrar las sombras nocturnas. Buenas noches Yerupaja, te veo luego Jaracoto, ya te miro Capillapunta, hola Parientana…

"Corona blanca en el cenit de mi adorado ande, me voy hoy, pero mañana estarás nuevamente en mis sueños"


La pluma del cernicalo

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