Wifala

 

Wífala, un personaje que apareció en Chiquián querido, cual viento o arco iris; no se por qué, jamás le pregunté de donde era, ni a que vino, o a qué se dedicaba, solo cantábamos, en las veces que nos reuníamos con Hualo Yabar, quien era el guitarrista del grupo, y otros amigos mas; eximio conversador de múltiples temas, por la forma y el modo, suponía que se educó hasta niveles superiores; sus modales eran refinados, llegó con saco y camisa; cantaba un tema de la sierra del sur, con nostálgica entonación, y con los ojos cerrados:

wifala“Cuando cruces por los ríos
Y sientas los vientos fríos,
No te asustes mi amor
Que son los suspiros míos”
No temas amor querido
Que son los suspiros míos.

Con la sola intención de hacer música, que era una de las distracciones comunes de casi todos los muchachos de esa época; en las tardes vacacionales que en ese entonces eran largas, se iniciaban a mediados de Diciembre y finalizaba el 31 de Marzo; Hualo Yabar con su guitarra, Rodolfo Minaya, Román Palacios y este pechito, nos reuníamos en la casa de Hualo, allí cantábamos como quien ensaya, para estar expeditos y en las serenatas que solíamos brindar a nuestras respectivas palomitas, las canciones nos salían mejor que a los conjuntos que hoy abundan; a una cuadra de la casa de Hualo, como quien se dirige a Torrespata, lo que hoy es el local Comunal, un amigo Llamaquino-(expresión correcta de denominación a los Llaminos, según el amigo Guillermo Arbaiza Huaranga)- tenía su tabernita donde casi siempre solía pasar los días el amigo Wífala, por lo que en grupo nos dirigíamos para escucharlo cantar y conversar; de el aprendimos el Huayno Arequipeño,

“Al silencio de la noche río de Arequipa,
Te vas calmando, calmando,
Al ruido de una cadena chola Arequipeña,
Te vas, me dejas llorando,
te vas me dejas llorando” …

Cuando cantaba los yaravíes, lo hacía con estremecimiento, con dolor, con amor; algunas veces terminaba llorando, se tomaba el rostro con ambas manos tratando de apagar el llanto, y secándose las lágrimas que cual lavas volcánicas marcaban sus mejillas, y lo mas doloroso, erosionaban su corazón, su alma; nosotros por respeto a dicho trance nos mirábamos de reojo, disimuladamente le hacia una seña a Hualo, para que inicie el punteo de una Balada de Leo Dan, y en coro cual pichuichancas comenzábamos,

“La conocí un Domingo hablamos de pasión
Le pregunté su nombre y muchas cosas mas” …

Wífala, además era un experto narrador y declamador, su preferido era el,

Poema Yaraví de Mariano Melgar.
¡Ay, amor!, dulce veneno,
ay, tema de mi delirio,
solicitado martirio
y de todos males lleno.
¡Ay, amor! lleno de insultos,
centro de angustias mortales,
donde los bienes son males
y los placeres tumultos.
¡Ay, amor! ladrón casero
de la quietud más estable.
¡Ay, amor, falso y mudable!
¡Ay, que por causa muero!
¡Ay, amor! glorioso infierno
y de infernales injurias,
león de celosas furias,
disfrazado de cordero.
¡Ay, amor!, pero ¿qué digo,
que conociendo quién eres,
abandonando placeres.
soy yo quien a ti te sigo?


En uno de mis regresos a Chiquián Querido, pregunté por el, nadie me dio dato alguno; me dirigí a la Taberna del amigo Llamaquino, como si supiera el por qué de mi visita, extendiéndome un vaso de chicha de Maíz con su puntito, me dijo,
-Conforme vino se fue; nadie sabe de donde vino, nadie sabe a donde se fue.

Me senté en el lugar que el solía, canté lo que de el aprendí, y musitando un “Hasta siempre amigo Wífala” me retiré.

Gratamente: Juan José Alva Valverde.

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